Sunday, September 25, 2022

La viajera del tiempo- lorena franco pdf download

La viajera del tiempo- lorena franco pdf download

doku.pub_la-viajera-del-tiempo-lorena-francopdf,La viajera del tiempo de Lorena Franco

Un maravilloso y mágico descubrimiento, hará que Lía se convierta en una viajera del tiempo con la esperanza de encontrar a su hermano en el pasado y traerlo de vuelta a casa. Lorena Download PDF - La Viajera Del Tiempo - Lorena blogger.com [o0mzj7gmd2ld]  · blogger.com_la-viajera-del-tiempo-lorena-francopdf Item Preview remove-circle Share or Embed This Item. Share to Twitter. Share to Facebook. Share to Reddit. Share to Tumblr. blogger.com; blogger.com; La viajera del tiempo; Lorena Franco; dejan de existir los sueños imposibles.,Un viaje a través del tiempo sorprendente, una historia inolvidable que te  · Dos hermanos ven cómo su infancia y adolescencia se complica cuando Will, el hermano mayor, desaparece dejando a Lía sola y desamparada y aunque han pasado 5 años ... read more




No había nada. El cuarto bebé, había decidido irse y no elegirme como madre. Otra vez no. No podía soportarlo más. Limpié el gel frío y pringoso de mi vientre con la primera toalla que encontré, me levanté bruscamente y sin decir nada, salí de ese cuarto frío al que pensaba no volver. Thomas vino corriendo detrás, pero ni siquiera podía mirarle a la cara. No quiero hablar. Ni siquiera contigo, de verdad. Me voy a dar un paseo, me voy… —No quería llorar delante de él. No quería, pero… se me hizo un insoportable nudo en la garganta y las lágrimas empezaron a brotar por sí solas. Thomas me dejó ir. Salí del hospital odiando a todas y cada una de las madres y a sus bebés. A todas las mujeres embarazadas y al cuarto feto que había decidido abandonarme. Caminé lentamente sin rumbo por las calles de Nueva York. Era agosto, hacía un calor infernal y las calles estaban repletas de turistas fotografiando todo cuanto veían a su alrededor.


Veía sus rostros emocionados contemplando, por ejemplo, los ostentosos rascacielos y yo solo quería gritar. De rabia, de dolor… en esos momentos, odiaba la ciudad de Nueva York y su bullicio. Me tapé los oídos. El abundante tráfico y la densa contaminación me estaban nublando el cerebro, por lo que decidí adentrarme en la paz de Central Park… pero ese día no había paz. Más turistas, músicos callejeros, multitud de jóvenes sentados en el césped, pintores concentrados en sus obras, parejas besándose, embarazadas acariciando sus prominentes barrigas mientras les sonreían cariñosamente a sus maridos… ¡BASTA!


Will… quiero a Will… él sabría qué decirme. Cómo consolarme… darme un motivo coherente por el que debía seguir siendo yo misma. La Lía que él conoció. Podría haber sido un niño rubio de ojos azules tan precioso como Will… Se hubiera llamado Will. Hoy es el día en el que se cumplen cinco años de la desaparición de mi hermano… Cinco años sin saber qué fue de él… Hoy hace cinco años que enterramos a mi madre ausente… a la desconocida que nos dio la vida. Ya han pasado cinco años… cinco lentos y tormentosos años…». Quería reír… pero no podía. De nuevo, volvía a entender a mi hermano y sabía que cuando él no sonreía, era porque realmente no podía. A lo mejor quería, pero… la vida a veces puede ser cruel. Y hay almas, sobre todo las más sensibles, que no pueden soportar tanta injusticia.


Pensé en Thomas… en su triste mirada, en el abrazo que no le di y que él seguramente necesitaba. Al llegar a casa, tal vez se pondría a preparar una suculenta cena y encendería un par de velas; creando así una atmósfera cálida y romántica. Para animarme… a lo mejor, incluso había comprado un par de billetes hacia alguna isla paradisiaca con la excusa de que necesitábamos desconectar y descansar. En esos momentos, lo único cierto era que yo solo quería desaparecer. El cielo de Nueva York empezaba a oscurecer con un maravilloso juego de colores. Rosas y naranjas se entremezclaban para ofrecernos un espectáculo maravilloso en el que casi nadie reparó. Para mí, el mejor momento del día era el atardecer… contemplarlo desde cualquier rincón, aunque fuera el mismísimo asfalto de la ciudad. Esa hora del día poseía una magia que lograba encandilarme y viajar a otros mundos dejando volar mi poderosa imaginación, tal y como hacía con Will cuando éramos niños.


Él me enseñó a soñar y a disfrutar de esos pequeños momentos. De los más ínfimos detalles. Él disfrutaba de las tormentas de verano y yo junto a él, porque también me acompañó por darme el gusto, en muchos atardeceres. Y los compartidos con Will fueron los mejores. Ya solo quedaba el recuerdo… Mis pasos seguían siendo lentos, tal vez por las pocas ganas que tenía de llegar a casa y tener que verme en la obligación de hablar con Thomas. Me sentía una fracasada que después de cuatro intentos, no había podido darle un hijo. Y lo peor de todo… no quería volver a pasar por eso. Ya no. Había tomado una decisión: no sería madre. Tal vez no había nacido para eso.


Después de detenerme durante unos minutos en mitad de la Quinta Avenida, dejé de mirar hacia el cielo y fijé mi vista a mi derecha. Me encontraba en el número , enfrente de la Galería Neue, que ese día exponía retratos de artistas y escritores de principios del siglo XIX. Aún no sé si fue por mi propia curiosidad o por la pasión que Will sentía hacia la literatura, la que me hizo entrar. Había muy poca gente, apenas dos personas observando cada antiguo retrato. Esa exposición no le había llamado poderosamente la atención a casi nadie… al menos no tanto como a mí. La galería era pequeña y esa exposición una excepción que solo podía verse ese día. En la Galería Neue, solían exponer piezas de diseño, joyería y obras de arte pictóricas procedentes de Alemania; no retratos de personas que estarían criando malvas desde hacía muchos años. El primer retrato que vi, fue el de un pintor; Alfred Sisley, que había vivido sesenta años entre y Nacido en París, este pintor impresionista era un especialista en paisajes y escenas al aire libre realizados al óleo sobre tela.


Observé su penetrante mirada de ojos claros, su compacta cabellera dorada y su cuidada barba, de la que sobresalían unos labios carnosos. Transmitía serenidad y seguridad en sí mismo… me recordó un poco a Thomas. Seguí caminando. Al lado de Alfred, se encontraba una escritora de la que no había oído hablar. Se llamaba Rose Mary Brooks, pero escribía bajo el seudónimo ARLEQUÍN. Nació en la ciudad de Nueva York en y falleció con tan solo treinta y tres años en Su mirada de ojos verdes imponía respeto. Llevaba su cabello negro recogido en un moño típico de la época y su vestimenta era sobria y oscura. No pareció tener una vida fácil, así lo expresaba su rostro… triste y cansado. Por lo visto, escribió tres novelas románticas muy populares tras su muerte, tituladas La rosa del viento, Desgracias ajenas y Pasado incierto que desgraciadamente, habíamos olvidado en nuestros días.


Sentí pena por la pobre Rose Mary… no tuvo tiempo de saborear las mieles del éxito, serían otros los que se aprovecharían de su trabajo… La Parca fue injusta con ella. Junto a Alfred y Rose Mary, más genios ya inexistentes. Artistas que habían dado lo mejor de sí mismos en sus obras, a través de colores plasmados en un lienzo, o palabras escritas en papel que, en su mayoría, perdurarían a través del tiempo. Un tiempo limitado para sus autores… comunes seres mortales cuyas obras, los harían eternos. Pensé en el sufrimiento de cada uno de ellos, en el agotamiento que seguramente sufrirían cuando aún vivían y también en aquellas pequeñas alegrías que al final de la vida, acaban siendo las importantes… Eso lo aprendí de mi madre ausente.


Ella, se llevó a la tumba la admiración de millones de lectores desconocidos que amaban sus novelas de terror, y el desprecio de sus propios hijos que no derramaron ni una sola lágrima en su entierro. Dorothy, se llevó su apreciada máquina de escribir con ella y también el perdón de los hijos que salieron de su vientre e ignoró durante toda su triste vida. De veras esperaba que estuviera donde estuviera, hubiera podido descansar en paz. Entendí que la vida es un misterio, cuando mi recorrido por la pequeña exposición estaba a punto de llegar a su fin. Siempre había creído en la magia, pero hasta ese momento, el destino no me la había mostrado. Un fortuito encuentro con mi alma gemela, me dejó paralizada durante minutos. En el último cuadro de la exposición, aparecía el rostro de William… mi Will.


Sentado en lo que parecía ser un antiguo y desgastado sillón orejero de color verde. Pero no era ese el nombre que aparecía en la placa. En unas grandes letras doradas, se leía: ESCORPIÓN. Era el seudónimo que utilizó a lo largo de su trayectoria literaria. Lo cierto era, que poco se sabía del misterioso escritor que había publicado sus novelas entre los años y ; y por las que hoy en día se peleaban coleccionistas y lectores de clásicos obsesionados con ellas. Los ojos azules como el cielo de ESCORPIÓN me miraban fijamente… tan idénticos a los míos, tan familiares, casi transparentes… pero en esa obra pictórica, no estaban tan tristes como la última vez que los vi hacía cinco años. En ese retrato, pude ver unos ojos vivaces, como si quisieran gritarle al mundo que era un hombre feliz que había encontrado su lugar en la vida… algo que Will siempre deseó con ahínco… Sus labios carnosos me sonreían, como cuando éramos niños.


Y su cabello rubio peinado hacia atrás, era exactamente igual al de William, aunque él lo llevara siempre despeinado. Era él. Era Will, pero… no podía ser él. De repente, un recuerdo. Una punzada en el corazón. ESCORPIÓN… ESCORPIÓN… resonaba en mi cabeza como ecos de ultratumba. Y entonces, recordé. William leía a ese tal ESCORPIÓN a todas horas. Se gastó una fortuna en conseguir una edición de coleccionista que le trajeron desde Berlín. Y por enésima vez a lo largo de ese día, las lágrimas quisieron volver a brotar de mis ojos. Sequé mis lágrimas, continué hipnotizada frente al retrato de ese hombre, la viva imagen de mi hermano.


Pero no podía ser posible porque él, al igual que todos los que pisamos suelo firme y nos creemos algo cuerdos, no existíamos a principios del siglo XIX. La había escuchado desde el principio, pero no me apetecía apartar la mirada de ESCORPIÓN. Me interesa mucho —mentí. La mujer rio, como si lo que hubiera preguntado fuera la sandez más grande que había escuchado en mucho tiempo. Es todo un misterio. Y ahora si me perdona… muchas gracias por venir. Me abrió la puerta, invitándome a salir muy elegantemente de la galería Neue. En el breve recorrido hasta el exterior, no pude dejar de mirar el retrato de ESCORPIÓN. Ya era de noche y un repentino escalofrío recorrió mi cuerpo, haciéndome sentir extrañamente especial. De camino a mi apartamento, las dudas me volvieron a asaltar.


Era simplemente… ¿Un espejismo? Algo no encajaba… algún detalle, por muy insignificante que fuera, se me escapó cinco años atrás. Pero ¿el qué? El gran parecido de ese escritor con mi hermano era sorprendente. Habían parecidos razonables, podía ser una mera coincidencia, pero… ¿también lo era que yo hubiera entrado allí? La esperanza de que mi hermano estuviera vivo en algún lugar, iba disminuyendo a medida que mi cabeza le daba vueltas sin cesar al asunto. Me inquietaba. Me asfixiaba. Ya en la puerta de mi edificio, dudé si entrar o no. Después de horas vagando por Nueva York, lo que menos me apetecía era dormir a la intemperie… pero tampoco quería ver a Thomas. Saludé al portero con un gesto amable y me adentré en el ascensor hasta la onceava planta. Instintivamente, toqué mi barriga… Hueca. Sin vida. Sin alma. El extraño suceso, había hecho que no volviera a recordar la triste realidad de haber perdido a mi cuarto bebé a las tres semanas y media de gestación.


Frente a la puerta de la entrada, respiré hondo. Preparada para ver una deliciosa y romántica cena sobre la mesa y a un Thomas más encantador que de costumbre. Pero al abrir, la escena que me había imaginado era muy diferente. El salón estaba oscuro, apenas iluminado por una pequeña lámpara que había en la mesita de al lado del sofá. Thomas, sentado, tenía las manos colocadas sobre la cabeza y parecía llevar un buen rato así. Estaba sudando y parecía angustiado. Frente a él, una maleta. Una maleta en circunstancias así, es siempre un mal augurio. Al que había sido el hombre de mi vida durante cinco años. La luz de la luna, que asomaba por el ventanal, iluminaba su incipiente calvicie. Había adelgazado y su rostro desencajado me mostraba signos evidentes de que la situación había podido con él. Y había acabado con nuestra relación. Intentando en todo momento, mantener la cabeza bien alta. Desde que tu hermano desapareció, cambiaste… de repente. Y te juro que lo he dado todo por esta relación porque te quiero.


Y no imagino mi vida sin ti pero… estoy mal, Lía. Estoy mal y no te has dado cuenta. En esas palabras, volví a recordar a Will. Era algo que no podía evitar, todo me recordaba a él. Quizá él también estuvo mal y yo no me di cuenta. Quizá, desapareció por mi culpa. Quizá… quizá… —Lía, esto ya no tiene arreglo. Me voy. Será mejor que nos distanciemos un tiempo —continuó diciendo amargamente. Que tu hermano y tú teníais una relación enfermiza. Eso es lo que… Le di una sonora bofetada que no le permitió continuar blasfemando sobre lo que para mí era lo más sagrado del mundo. Le pegué tan fuerte como fui capaz. Quise hacerle daño de verdad. Daño físico y emocional, porque él sabía todo por lo que habíamos pasado mi hermano y yo.


El abandono al que fuimos sometidos por nuestros padres desde nuestra más tierna infancia. Y reconozco que Thomas fue mi gran apoyo cuando Will desapareció, pero en esos momentos me parecía el ser más repulsivo del mundo. Me miró, furioso. Cogió su maleta, salió por la puerta y de un portazo, desapareció de mi apartamento y de mi vida. Me tumbé en el sofá en posición fetal y tras media hora llorando, me quedé profundamente dormida. Esperando encontrar en mis sueños, un poquito de la paz que necesitaba en esos duros momentos. Al día siguiente, Nueva York, ajeno a las preocupaciones de sus habitantes; amaneció caluroso y soleado. Entré en mi vestidor y en vez de ponerme alguno de mis numerosos trajes y zapatos de tacón, me decanté por un cómodo y fresco vestido de algodón blanco de tirantes y unas veraniegas chanclas color beige. Lo primero que hice, fue ir a la Galería Neue, para ver si la maravillosa exposición que tanto me había inquietado y fascinado a la vez, continuaba abierta.


Tenía la necesidad de volver a ver a ESCORPIÓN… De volver a ver la viva imagen de mi hermano. Pero tal y como esperaba, Neue, había vuelto a exponer sus piezas de diseño, joyería y obras de arte pictóricas alemanas. Al salir, sin poder evitar sentirme decepcionada, decidí dejarme llevar por mi instinto y volver a ser al menos, una pequeña parte de lo que fui hace años. Aquella adolescente alocada que era feliz y vivía el día a día como si el mundo se fuera a terminar. Sin olvidar, por supuesto, a aquella niña pequeña que fui una vez, con un sinfín de preguntas dirigidas a su paciente hermano; que lo único que deseaba era hacer lo que le diera la gana en todo momento. Y pasión era lo que ya no sentía por mi trabajo como abogada. La vida real no era como la ya desaparecida serie de Ally McBeal… Cogí un taxi y diez minutos más tarde llegué al bufete. Saludé a los que pronto dejarían de ser mis compañeros, intentando evitar por todos los medios encontrarme con Thomas por los pasillos.


Di dos golpecitos a la puerta del despacho de John, el director del bufete. Un tipo bajito y regordete que no debía tener más de cuarenta años, y que le había ido bien en la vida a base de trabajar muy duro. Entré en su despacho intentando sonreír a pesar de todo, dispuesta a informarle de mi definitiva decisión. Nunca me había fijado en el color amarillo alrededor de sus pupilas dilatadas. Lo dejo. Quiero empezar a vivir. Dímelo, con confianza. Vamos a hacer grandes cosas… —Quiso convencerme. Pero no había vuelta atrás, mi decisión era firme. En pocas ocasiones había estado tan segura de algo y la sensación me gustaba. Asentí y me despedí con un profesional apretón de manos.


Me dirigí hacia la sección administrativa, que ya habían puesto en marcha tras las órdenes de John, el papeleo de mi despido voluntario. Con el jugoso finiquito que iría a cobrar al banco más tarde y la enorme herencia de mi madre ausente, no tendría problemas económicos en mi vida. Podía permitirme el lujo de descansar… respirar… volver a encontrarme a mí misma. LIBERTAD… Ansiada libertad. No me encontré con Thomas. Y sabía que probablemente, no volvería a verlo. No era el típico hombre romántico y caballeroso que tras una discusión se arrodilla frente a ti y te pide matrimonio. Era un tipo orgulloso y supuse que la decisión de abandonarme, la llevaba pensando fríamente desde hacía tiempo. La desaparición de Will hacía cinco años. Cuatro abortos espontáneos. El abandono del que creía que era el amor de mi vida. La vida puede cambiar en cuestión de segundos y serán nuestras decisiones y las de los demás hacia nosotros, las que marquen el destino de nuestro incierto camino.


Capítulo 2 Agosto, año Lía Tenía la necesidad de hacer las paces con mi pasado. Volver a mis orígenes y recordar aquellos momentos bonitos de mi infancia; que, para mi sorpresa, mi madre ausente retrató desde la ventana de su estudio. Volver a la mansión de North Haven después de meses sin visitarla. Volver a observar el interior del coche abandonado de Will. Pero, sobre todo, tenía algo en mente, una obsesión. Buscar las obras de ESCORPIÓN que mi hermano guardaba con tanto recelo. Estaba segura que tenían algún tipo de relación con su desaparición… Con su… su… ¿Muerte? Me costaba asimilarlo. Me costaba creer que alguien pudiera matar por tres libros, por muy especiales o antiguos que fueran. Pero, sobre todo, me costaba aceptar que Will podría estar muerto. Un agente de policía me dijo que debía estar preparada para eso; cuando me informaron al mes de su desaparición, que habían abandonado la búsqueda de Will.


Caso cerrado. Fin de la historia… pero no para mí. Nunca lo estamos, pero con el tiempo, es algo que aprendemos a asimilar. Sin embargo, asimilar la desaparición de un ser querido no… el día a día se hace cuesta arriba cuando constantemente buscas respuestas a algo que no tiene explicación. Dudas y desconfías de todo cuanto hay a tu alrededor. No conocer el paradero de la persona más importante de tu vida, resulta casi insoportable. Cogí mi coche y conduje tres horas hasta llegar a North Haven. Las grandes y cuidadas mansiones me recibían frías y distantes; pero al aparcar junto al coche abandonado de mi hermano, en el que había sido mi hogar junto a él, sentí un abrazo cálido repleto de añoranza. Curioso como la mansión más dejada y fea de la zona, era capaz de resultar cercana y poseer un encanto inigualable.


Salí del coche y con lágrimas en mis ojos, observé el sauce llorón muerto; que años atrás había resplandecido, resultando imponente para dos chiquillos que se protegían de los rayos del sol sentados bajo él y apoyando sus pequeñas espaldas en su tronco. Por un momento, incluso mi imaginación me jugó la mala pasada de ver sombras por el jardín. Sombras que corrían y reían desde algún mundo paralelo que yo no alcanzaba a ver ni a entender. Entré en casa. A pesar del calor que hacía, cada una de las estancias desoladoras estaban frías.


Y muy sucias, pero ya sin aquel olor putrefacto del pasado. Tuve la necesidad de entrar en el estudio de mi madre ausente, contemplar con pena el escritorio vacío donde pasó la mayor parte de su vida escribiendo, y las fotografías que en silencio y desde la distancia, nos había hecho a Will y a mí. Eran maravillosas… Al mirarlas y volver en cierta forma a un pasado que añoraba, casi se me olvida la verdadera razón por la que había ido hasta allí. Por ESCORPIÓN. El recuerdo de su rostro idéntico al de mi hermano y las misteriosas palabras de la señora que me echó de la galería, explicándome que el autor había dejado por escrito a quién debía ir dirigida esa edición especial de coleccionista que yo había visto alguna vez desde lejos y sin prestarle demasiada atención. Caminé despacio hasta la habitación de mi hermano. Estaba tal y como la había dejado cuando se fue de casa a los veinte años, algo más tarde que yo. Bates de béisbol, guantes firmados por importantes jugadores de los años noventa y una guitarra eléctrica bajo la ventana que le regaló papá y Will nunca usó.


Miré con especial atención la estantería que tenía frente a la cama con numerosos libros. Leí todos y cada uno de los títulos, pero ninguno era de ESCORPIÓN. Busqué debajo de la cama, revolví cajones y el armario. Nada, absolutamente nada. Ni una pista. Simplemente era la habitación de un adolescente… en eso se había quedado para siempre, la habitación de Will. De repente, escuché un gran estruendo que me sobresaltó. Abrí mucho los ojos y miré desde el interior de la habitación de mi hermano por el umbral de la puerta, por si a alguien se le había ocurrido entrar en la mansión… ¿Un okupa, quizá? O lo peor… el asesino de mi hermano había venido a por mí, porque sabía que estaba investigando sobre el caso por mi cuenta.


Negué con la cabeza riendo, últimamente había visto demasiados thrillers. De nuevo, otro estruendo procedente del mismo lugar. La buhardilla. Nuestro rincón… El lugar en el que Will guardaba todo lo que realmente le importaba. Corrí por el pasillo y de nuevo, como aquella vez hacía ya cinco años, encontré la escalera plegable de madera, preparada para que alguien subiera hasta arriba. Pero en esa ocasión, había algo extraño… Diferente. Se vislumbraba en el interior de la buhardilla una luz resplandeciente que llamaba poderosamente mi atención. Como si susurrara mi nombre… como si me dijera «Sube, sube… no temas. Miré a mi alrededor, especialmente hacia el interior del que fue el estudio de mi madre, justo enfrente; con la seguridad de que alguien me estaba gastando una broma pesada.


O a lo mejor me estaba volviendo loca. Todo podía ser… Ojalá se tratase de Will… que después de cinco años, había vuelto y de qué manera… ¡Asustándome así! Algo que le encantaba hacer cuando era niño. Disfrutaba contándome historias de fantasmas para que no pudiera dormir durante toda la noche, pensando que vendrían a visitarme en la penumbra de mi dormitorio. Miré de nuevo hacia arriba y decidí subir las viejas escaleras de madera que me llevarían hasta la buhardilla. Nunca imaginé, que el deslumbrante destello de luz que se veía desde abajo, iluminara por completo la estancia. No veía nada a mi alrededor, solo la luz. Una luz cegadora, procedente de lo que parecía un espiral negro por debajo de una de las pequeñas ventanas de la buhardilla.


Sigilosamente, me acerqué… intentando averiguar qué era exactamente lo que mis ojos me mostraban. Parecía tan irreal… casi mágico. Tan extraño como el retrato de ESCORPIÓN de principios del siglo XIX, resultando ser una copia idéntica de mi hermano. Y entonces, recordé algo que Will me contó. Estaba tan entusiasmado con esas novelas, que hablaba constantemente de ellas. Hablaba de una luz y de los viajes en el tiempo de un tal Patrick, el protagonista ficticio que ese tal ESCORPIÓN había creado. No podía ser posible… No podía estar frente a un portal del tiempo. Frente al portal del tiempo que tal y como me explicó Will, relataba ESCORPIÓN en sus libros. Un paso, dos… uno más. Tal vez Will hizo lo mismo hacía exactamente cinco años… tal vez también fue engullido por ese agujero negro.


Tal vez si lo atravesaba, lo volvería a ver. Pero… ¿Y si no puedo volver? No quiero vivir en otra época, no soy como Will. Estoy bien aquí, en este mundo, en el siglo XXI…». La luz continuaba cegándome, no podía ver nada más a mi alrededor que no fuera esa condenada luz y el espiral, frío como el hielo dando vueltas sobre sí mismo con una rapidez sorprendente. Di un paso atrás… ¿Qué era eso? La adolescente alocada que fui años atrás, seguramente hubiera entrado. Sin pensarlo dos veces. Era una apasionada de lo desconocido, de lo sobrenatural, de lo extraño. En conclusión… una descerebrada.


En esos momentos, a mis treinta años, debo reconocer que era una cobarde. O tal vez una mujer madura y precavida. De cualquier forma, sentía curiosidad… esa surrealista situación me tenía hechizada, apenas podía moverme ni mirar hacia otro lado que no fuera el espiral. Una vocecita en mi interior me decía… «No entres… es peligroso. Sal inmediatamente de aquí, Lía». Pero había otra vocecita… mucho más aventurera, mucho más tentadora. Esa vocecita que disfrutaba del riesgo y de lo desconocido y decía… «Tu vida es una absoluta mierda. Has tenido cuatro abortos involuntarios a lo largo de dos años, tu novio te ha dejado, apenas te quedan amigos, te cuesta dormir por las noches desde que tu hermano desapareció… Y lo mejor que has hecho, ha sido dejar un trabajo por el que cualquiera vendería su alma.


Vive la aventura, viaja a otra época… si es que esto, puede conducirte a otra época… Pero piensa en lo mejor de todo. Tal vez Will, te esté esperando al otro lado de ese espiral». Si entraba, lo haría por Will más que por mí misma y mi dichosa curiosidad. Un paso… otro más. Lo miré con desconfianza. No me atrevía… ¿A dónde me conduciría eso? Me pellizqué. Negué con la cabeza y salí de la buhardilla ignorando la deslumbrante luz y el agujero frío y oscuro. Bajé las escaleras y miré desde la distancia el estudio de mi madre. Me dolían los ojos a causa del tremendo destello de luz, tenía frío. Estaba incómoda y además, aunque no quisiera reconocerlo, tenía miedo. Tanto miedo como las ocasiones en las que esperé en una fría sala de espera para hacerme la primera ecografía… ecografías que me decían, que no había latido.


Que no había nada. Que los embarazos no salían adelante por «causas desconocidas». Entré en el estudio. Necesitaba contemplar una vez más las fotografías en las que aparecíamos Will y yo de niños. Con lágrimas en los ojos, me fijé especialmente en la fotografía en la que Will me abrazaba. Siempre protector, siempre con esa mirada de amor incondicional hacia mí. Agosto, año William Estoy triste. Triste porque Dorothy ha muerto. Observo junto a mi hermana cómo el ataúd baja hasta las profundidades de la tierra por siempre jamás. Imagino el cuerpo inerte de mi madre junto a su inseparable máquina de escribir cogida con fuerza entre sus fríos brazos. Así lo hubiera querido. Su cabello rubio, siempre recogido en un moño mal hecho, ahora luce lacio y suelto por toda la eternidad. Aunque a lo largo de mi vida, fueron contadas las ocasiones en las que pude mirarla fijamente a sus profundos y siempre tristes ojos azules, se me hacía un nudo en la garganta al pensar que permanecerían cerrados para siempre.


Y que la oportunidad de volver a verla, aunque fuera una sola vez más… era una utopía. Ni siquiera tenía recuerdos con esa mujer. Una desconocida. Y solo pude recordar dos ocasiones en las que mis labios pronunciaron cada una de las letras que formaban la palabra: MAMÁ. No podía llorar. Miré a Lía. Se parecía tanto a mamá… Casi como dos gotas de agua; aunque Lía decidió hace tiempo cortar su larga cabellera rubia y oscurecerla. Tal vez para no parecerse a mamá. Nunca se lo he preguntado. Lía me preguntó si creía que mamá se había arrepentido de algo… le dije que, si no era así, es que no tenía alma.


Mi contundente respuesta pareció estremecer a Lía, vi cómo se le erizó la piel. Si Lía supiese que mamá nos hizo fotografías cuando éramos niños desde la ventana de su estudio, a lo mejor se le ablandaría el corazón. No lo entendería, claro… yo tampoco entiendo por qué no se ocupó de nosotros. Por qué no nos dijo nunca que nos quería… «porque a lo mejor no nos quería»; por qué nunca nos ayudó con los deberes, por qué nunca nos leyó un cuento antes de ir a dormir, por qué nunca jugó con nosotros… ¿Por qué? Siempre encerrada entre las cuatro paredes de su estudio, con la mirada perdida en su máquina de escribir, en sus tétricas historias… siempre con ella misma.


Debió ser agotador. Y triste, muy triste para ella. La única que vez que lloré por ella, fue al ver la multitud de fotografías que nos había hecho y que colgó con esmero en un corcho junto a la ventana. Vi en esas fotografías que a lo mejor sí nos quería. Más que a su propia vida. Seguramente, nunca entraría en el estudio. Era el santuario de Dorothy, su templo sagrado en el que nadie podía entrar. Solamente su editor, al que hacía venir expresamente a casa para no tener que salir a la calle. Nunca la vi con un pie fuera de casa y en esos momentos, pensé que más allá de su comportamiento, podía haber algo más.


Una enfermedad, un secreto… algo que hizo que mamá viviera una vida poco común, extraña. Por eso papá, el rockero, también desapareció de nuestra vida de la noche a la mañana. Estábamos tan acostumbrados a su ausencia, que no nos importó lo más mínimo. También es abogada y dice que eres guapísimo —me dijo Lía con una risita nerviosa, interrumpiendo mis pensamientos. La miré de reojo, evitando en todo momento reírme de su ocurrencia y ante la atenta mirada desaprobatoria del cura que ofició la solitaria misa por el descanso eterno del alma de mamá. No me costó no reír… de hecho hacía mucho tiempo que no me reía de nada. Fuimos a tomar café. El cielo de Nueva York estaba gris y oscuro, seguramente en unas horas caería una buena tormenta de verano.


Así como Lía siempre se entusiasmaba con un atardecer, a mí me ocurría lo mismo con las tormentas de verano… evocaban recuerdos de épocas pasadas entrañables. En verano, Lía y yo estábamos siempre en remojo. Siempre jugando en la piscina bajo la supervisión de Amy Kleingeld. Aún recuerdo su rostro, siempre serio… ¿Qué habrá sido de aquella mujer? Dejó de trabajar en casa cuando yo tenía trece años. A lo mejor murió, cuando era un niño ya la veía una mujer muy mayor, aunque es muy probable que no lo fuera tanto. Ya se sabe que los niños no percibimos muy bien el tema de la edad… alguien de cuarenta años nos puede parecer muy viejo, cuando en realidad aún está en la flor de la vida. O al menos, así lo veía a mis veintisiete años… alguien muy viejo según mi «yo» del pasado. Volveré al tema de las tormentas de verano, puesto que soy muy dado a irme por las ramas… Cuando el cielo oscurecía, y el bochorno típico de la época estival se hacía insoportable; en vez de bañarnos en la piscina, subíamos a la buhardilla.


Allí siempre hacía frío, por eso solíamos ir también en invierno y nos gustaba arroparnos con nuestras mantitas. Desde allí, escuchábamos los truenos y el perpetuo picoteo de la lluvia cayendo sobre el tejado. Nos contábamos historias inventadas e imposibles al oído y reíamos bajito… para no molestar a mamá. A menudo nos limitábamos a contemplar la lluvia desde la pequeña ventana de la buhardilla, un lugar… un tanto especial. Cada estancia de la mansión era ostentosa, moderna y luminosa. Sin embargo, la buhardilla era oscura, modesta y repleta de recuerdos… juguetes que nadie quería.


Libros que nadie leía. Todo lo que no hacía falta o estorbaba, iba a parar a la buhardilla. Por eso me gustaba ir allí con Lía, porque era un lugar lleno de recuerdos ansioso por crear más y nosotros, estábamos dispuestos a dárselos. Pero irremediablemente, pasaron los años y Lía se convirtió en una adolescente rebelde a menudo insoportable. Supe que tendría que acostumbrarme a la idea de ir solo. Ya nada volvería a ser como antes… la infancia, se esfumó. No me desagradaba estar solo… le cogí el gusto; sobre todo desde que descubrí a ESCORPIÓN, en mi opinión, el mejor escritor de todos los tiempos. Era muy poco lo que sabía sobre él, solamente que era un autor casi desconocido, misterioso; pero con varias obras importantes en su haber de principios del siglo XIX. Todo un misterio… una casualidad encontrarlo justo en el momento en el que más lo necesitaba. Tal y como yo le decía a Lía, nunca me sentí de esta época. Ni de este mundo. Fue un alivio leer las obras de ESCORPIÓN, puesto que hablaban de Patrick, un tipo parecido a mí.


Un inconformista que no se siente identificado con nada ni con nadie de lo que le rodea y vive una gran aventura al descubrir un portal del tiempo con el que viajar a una época diferente que sí le corresponde, en la que sí siente que ha encontrado su lugar en el mundo. Son este tipo de preguntas las que me formulo constantemente, y las que me hacen ser y sentirme tan diferente e incompatible con el resto de la humanidad. No digo que sea un ser extraordinario o algo por el estilo. No, no estoy diciendo eso… jamás me atrevería. Nunca disfruté el momento, ni conocí a nadie especial con el que compartir nuevas experiencias, con quien crear recuerdos… con quien disfrutar.


Nunca me he enamorado. La gente siempre me ha parecido muy distinta a mí. Despreocupados, egoístas… Sobre todo, en la época adolescente. Luego conocí a Simon, propietario de una librería encantadora en Brookyn y puedo decir que, aunque mi relación con él era cordial, sé que me apreciaba. Era un buen tipo. Algo extravagante también, con su mundo interior. A mí me gustan ese tipo de personas, pero es como si no me apeteciera profundizar en ellas… por si me decepcionan. Mi hermana era mi mundo, solo la quería a ella y a pesar de eso, hubo un día en el que también me decepcionó. Pero no eres feliz. Mi hermana tenía razón. No era feliz, hacía tiempo que no lo era. Ella sí, a su manera, supongo… se había enamorado y me alegraba por ella. Quizá algún día se decidiera a presentarme a ese tal Thomas y quizá no pudiéramos evitar la típica «rivalidad» entre hermano-cuñado.


Sería duro dejar de ser el hombre más especial de su vida para ser simplemente su hermano. Lía me miró fijamente como de costumbre. Intentando averiguar en qué estaba pensando y sé que seguramente no recordaría lo que a continuación le quise decir. Sé que, tras esa fachada de abogada exitosa e inteligente, seguía existiendo aquella niña con mala memoria y algo distraída que no dejaba de hacer preguntas constantemente. Miré sus ojos azules. Cuando la luz del sol le daba directamente a los ojos, eran casi transparentes. Dicen que los ojos son el espejo del alma y si realmente es así, Lía tenía el alma más maravillosa del mundo aunque ella aún no se hubiera dado cuenta. Me quería y yo a ella. Somos hermanos. Y eso será así para siempre, pase lo que pase. Se me daba mal disimular. Creo que notó que aún me dolía y tal y como yo pensé, ella no lo recordaba. Lo vi en el gesto que hizo con su boca.


La torció y siempre hacía eso cuando no recordaba algo, cuando no sabía qué decir. De verdad, no sabes cuánto lo siento, Will. Removió su taza de chocolate caliente. No he conocido a nadie a quien le gustara tanto el chocolate como a Lía. De nuevo, vi que la culpabilidad la martirizaba. Culpabilidad porque pensaba que yo había llevado una carga muy pesada a lo largo de toda mi vida, cuando no era a mí a quien correspondía llevarla. Tenía razón, pero no me arrepentía de nada de lo que había hecho por y para ella. Ser su fiel amigo, el que siempre estaba ahí para escucharla, para atenderla y cuidarla cuando se ponía enferma o se hacía daño. Lía siempre fue un alma libre, inquieta… pero sobre todo alegre.


Por nada del mundo hubiera permitido que esa sonrisa se borrara de su fino y elegante rostro de tez blanca y unos rasgos femeninos perfectos. Le comenté lo que tenía pensado hacer. Ir a casa de mamá y poner la mansión a la venta. En un principio se mostró rehacía, pero no hicieron falta muchas palabras para convencerla de que era lo mejor. Lo único que me llevaría de allí serían las fotografías que nos hizo mamá desde la ventana de su estudio y que Lía aún desconocía. Tenía ganas de enseñárselas, aunque aún no había llegado el momento.


Nos despedimos con un beso y una mirada cómplice. Aún no era consciente que esa sería la última vez que vería a mi hermana. Era mejor así. Es mejor no saber ese tipo de cosas… pasa como con la muerte. No quedarían asuntos pendientes o cosas por decir, pero… aun sabiendo que la Parca vendrá a por tu ser querido, no puedes hacer nada y el simple hecho de saberlo y adelantarte a los acontecimientos puede volverte loco. Encendí un cigarrillo y fui caminando lentamente hacia donde tenía aparcado el coche. Dejé mi chaqueta gris en la parte de atrás y el libro de bolsillo que me acompañaba en el asiento de copiloto. Conduje hasta North Haven en buena compañía, con la música del Boss, Bruce Springsteen. Puede que siempre me sintiera de otra época, pero sé reconocer de inmediato la buena música. Al aparcar el coche en la entrada y ver que la mansión tenía un estado deplorable, quise dar media vuelta y huir de ahí.


Contemplé con lástima el sauce llorón moribundo, la desoladora piscina con una asquerosa agua verde y la fachada de ladrillo envuelta en una tétrica hiedra llena de lagartijas que seguramente, se habían convertido en las dueñas de lo que un día fue mi hogar… el mío y el de Lía. Al entrar, tuve que taparme la nariz. El ambiente estaba cargado y olía mal, como a gato muerto. Dos fueron los gatos que hallé muertos en la cocina, por lo que me encargué de enterrarlos en el jardín. Pero el olor no se iba… subí hasta el estudio de mamá. Contemplé las fotografías una vez más con una sonrisa bobalicona… cuando estuve a punto de desengancharlas del corcho para llevármelas y enseñárselas a Lía, escuché un golpe contra el suelo de mármol. Al salir del estudio para ver qué era, vi la escalera plegable de madera de la buhardilla en el suelo.


Nadie… por supuesto que nadie había sacado la escalera plegable. Estaba tan vieja que lo más seguro es que se hubiera caído. Algo peligroso, por cierto. Debía arreglarlo por si la nueva familia que se instalaba en la casa tenía niños. Me giré, con la intención de volver al estudio de mamá en el que se me hacía muy raro estar. Nunca nos dejó entrar, nunca nos dejó estar con ella. Aún no lo entiendo, aún duele. Un golpe seco. Di un respingo, asustado. Y nunca me he asustado fácilmente. Al darme la vuelta, vi una luz que procedía de la buhardilla. Una luz poderosa, enérgica… que me transmitía paz. El miedo se convirtió en curiosidad. Subí las escaleras hacia la buhardilla como tantas otras veces, sin poder creer lo que estaban viendo mis ojos.


Como si estuviera dentro de una de las novelas de ESCORPIÓN, como si yo fuera el aventurero y extraño protagonista de sus fascinantes historias, me encontré envuelto en una cegadora luz que me mostraba un espiral negro bajo la pequeña ventana de la buhardilla. Un portal del tiempo que giraba en espiral con rapidez y desprendía un frío desolador. Tal y como describió ESCORPIÓN en sus novelas, exactamente igual… Lo miré fijamente, dudando de que eso fuera real, de que todo eso solo hubiera sido fruto de mi imaginación. O un sueño. No… estaba despierto. Más que nunca. Cuántas veces soñé con que me sucediera algo así… cuántas veces deseé que la magia me viniera a visitar.


Y sin embargo, en el momento en el que lo había hecho, dudé. Dudé por Lía. Porque sabía que si entraba en ese agujero, no la volvería a ver jamás. Un paso. Tres… Oscuridad. De verdad que lo siento… sé lo que esto supondrá en tu vida. Por primera vez he sido un egoísta, por primera vez he pensado en mí… pero sabes que nunca he podido resistirme a la magia, ni siquiera siendo un adulto supuestamente maduro y cuerdo. Te deseo muchos atardeceres felices y que mi ausencia no suponga un tormento». Capítulo 3 Agosto, año Lía Por primera vez en mi vida, maldije a una persona. Y esa persona era mi propio hermano. Desde el estudio, continué viendo la luz. Llamándome, esperándome… Pero me asaltaban mil dudas. Si mi hermano no había vuelto a lo largo de esos cinco años de ese maldito agujero, era porque no pudo hacerlo.


Si hubiera podido, hubiera vuelto para decirme que estaba bien. Will no era egoísta, siempre pensó más en mí que en él mismo. No lo entendía. Por otro lado, era un alivio intuir al fin, qué era lo que le había sucedido a Will. No lo habían asesinado. No estaba muerto. Había atravesado ese agujero negro del que yo dudaba. Del que no me fiaba. Entrar o no entrar… Will estaba vivo, en alguna otra época o quizá en otra dimensión… ¿Dónde? A lo mejor había conseguido encontrar su lugar en el mundo. De veras esperaba que fuera así. Lo haría, sabía que lo haría tarde o temprano, pero me quería hacer de rogar… No quería ponérselo tan fácil al portal. Volví a acercarme, me agaché un poco y metí mi mano por el agujero. La saqué rápidamente, asustada. Mi mano estaba congelada… apenas la podía mover. Había visto cómo mi mano desaparecía, desintegrándose y fusionándose con el agujero; que en esos momentos me parecía un apasionante universo infinito.


Creo que el agujero así me lo dijo, por si aún me quedaba alguna duda de que se trataba de un portal del tiempo. Volví a mirar la luz cegadora a mi alrededor, cerré los ojos, apreté los labios y dejé que fuera mi cuerpo el que se lanzara a lo desconocido. Sin pensar. Sin sentir. La sensación más extraña que había experimentado jamás. Mi cuerpo físico dejó de existir por un momento, un tiempo incierto que seguramente no existía en el interior de ese agujero, pero que a mí se me antojó eterno. Mis pensamientos seguían activos a una velocidad sorprendente. Fue como si mi alma estuviera a punto de nacer de nuevo; mientras el agujero me mostraba imágenes del pasado con una extraordinaria viveza a la vez que me transportaba a un mundo desconocido.


Vi todo un mundo desde la oscuridad, sentí pánico al pensar que podía ser el final de todo. Que me quedaría atrapada en el limbo durante toda la eternidad… Que no volvería a ver la luz del sol o un atardecer. Que las posibilidades de encontrarme con Will, eran remotas… No podía hablar. Apenas podía moverme porque mi cuerpo seguía sin tener estímulos. Simplemente había dejado de existir. Y de repente… destellos, guerras, hombres y mujeres vestidos de épocas pasadas, ciudades sin rascacielos, campos desiertos… atardeceres sorprendentes sin contaminación. Mucha luz. Abril, año Lía Abrí los ojos. Poco a poco, despacito… Sentía mi cuerpo, como si nada hubiera sucedido, como si nunca hubiera estado en el limbo, como si el viaje a través del espacio no hubiera existido.


Sin embargo, un indeseable compañero había venido conmigo… un tremendo dolor de cabeza. Abrí más los ojos… Ya no había oscuridad, la cegadora luz que encontré en la buhardilla también había desaparecido. Quise levantarme pero no tenía fuerzas. Contemplé el cielo estirada en lo que parecía un amplio campo con césped salvaje y muy verde, repleto de flores silvestres. Estaba convencida de que estaba contemplando un atardecer, pero era más del gusto de Will que del mío… los colores no se mezclaban entre sí, el rosa y el naranja típico del crepúsculo, le habían cedido el paso a unos densos nubarrones y a un cielo gris que avisaba que pronto, dejaría caer una gran tormenta. Respiré hondo. Olía a naturaleza, a campo. A vida. Video Audio icon An illustration of an audio speaker. Audio Software icon An illustration of a 3. Software Images icon An illustration of two photographs. Images Donate icon An illustration of a heart shape Donate Ellipses icon An illustration of text ellipses.


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Una feliz casualidad le abrirá a Lia las puertas para embarcarse en una aventura única y fascinante, un viaje al pasado con la esperanza de encontrar a su alma gemela y también a sí misma. Nueva edición: La edición actual de La viajera del tiempo incluye revisión editorial. Autor: Lorena Franco Categoria: Tienda Kindle,eBooks Kindle,Ciencia ficción, fantasía y terror Tapa blanda: KB Editor: Amazon Publishing 12 de septiembre de Colección: Idioma: Español ISBN ISBN La viajera del tiempo Pdf descargar La viajera del tiempo ePub Mobi La viajera del tiempo Pdf libro La viajera del tiempo espanol pdf La viajera del tiempo Libro pdf gratis La viajera del tiempo Libro electronico gratuito La viajera del tiempo Descargar libro La viajera del tiempo Descarga gratuita La viajera del tiempo Libro pdf espanol La viajera del tiempo Descargar lee en linea La viajera del tiempo gratis La viajera del tiempo Pdf en linea Descargar audiolibro La viajera del tiempo mp3 gratis La viajera del tiempo Torrent Comprar ebook La viajera del tiempo Descargar libros completos La viajera del tiempo Descarga gratuita La viajera del tiempo descarga de libros Descargar Gratis La viajera del tiempo Spanish Edition.


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Bueno… no, si escribes un reportaje al respecto. Y definitivamente, no si omites el hecho de que las experiencias que cuentas en el artículo son las tuyas propias. Ni tampoco si el krinar con el que te has liado es el dueño del club, cuyas múltiples perversiones incluyen el chantaje y los juegos psicológicos. Para una joven periodista que intenta probarse a sí misma, todo gira en torno a que le caiga la siguiente gran excl.



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sinopsis qu es el amor? Ni siquiera se dio cuenta, estaba concentrado en la visita de otro intruso. Estaba tal y como la había dejado cuando se fue de casa a los veinte años, algo más tarde que yo. Y había acabado con nuestra relación. Y entonces, Lía decidió coger su coche y se dirigió hasta la mansión de North Haven, por si a William le había entrado nostalgia y se había recluido allí. Curioso como la mansión más dejada y fea de la zona, era capaz de resultar cercana y poseer un encanto inigualable.



Fue la última vez que Lía vio a William. Entre libros, William; un hombre callado, tímido y solitario, se sentía a salvo. Will no era egoísta, siempre pensó más en mí que en él mismo. Se encogió de hombros y suspiró. Del mismo modo que descubrió una de sus novelas por primera vez en la biblioteca, también encontró la edición de coleccionista de manera fortuita, como si desde la viajera del tiempo- lorena franco pdf download le hubieran estado esperando. Popular posts from this blog Descargar Gratis El Pozo de la Ascensión Nacidos de la bruma [Mistborn] 2 de Brandon Sanderson PDF [ePub Mobi] Gratis March 28,

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